Lejos quedan ya las ilusiones de los ilustrados que, con su fe ilimitada en la razón, nos hacían creer que el ser humano es esencialmente racional y que, además, se guía por ella. Los maestros de la sospecha, entre otros, se encargaron de tumbar este mito. Pero la caída del mito del ser humano no termina aquí. No sólo no se rige por la razón, tampoco lo hace por la verdad. Si observamos con atención los comportamientos de la gente veremos que, en última instancia a nadie o, al menos, a casi nadie le importa realmente la verdad. Lo que todo el mundo realmente quiere es ser disfrutar. Lo que vulgarmente se conoce por “ser feliz” en la vida.Oportunamente Freud puso a las claras lo que realmente significa este concepto popular de felicidad. En “Civilización y sus descontentos” explica cómo la gente se guía esencialmente por dos principios básicos:
“Pasaremos por lo tanto al asunto menos ambicioso de aquello que los hombres, con su misma conducta, muestran como la finalidad e intención de su vida. ¿Qué piden de la vida y qué desean lograr de ella? La respuesta no deja mayor lugar para la duda. Se esfuerza en pos de la felicidad; desean llegar a ser felices y seguir siéndolo. Este empeño tiene dos lados: una meta positiva y una negativa. Por una parte tiende a que no haya dolor ni displacer y por otra experimentar intensos sentimientos de placer. En su sentido más estricto, la palabra “felicidad” se refiere sólo a este último deseo.”Lo más curioso de esta situación es que lo que se ha descrito anteriormente corresponde a cómo está conformada la estructura psíquica de los individuos y a ésta no se puede renunciar. Es decir, aunque todo el tiempo que existimos somos “nosotros”, cuando nos despertamos y recuperamos la consciencia tenemos la posibilidad de obrar o de permanecer pasivos (aunque sea hasta cierto punto), Bien, pues, incluso aunque decidamos permanecer al margen de esta circunstancia, los instintos básicos nos apremiarán. Nos veremos en la situación de no hacer nada y ver cómo el displacer ocasionado se apodera de nosotros, o, por el contrario, actuaremos movidos por la necesidad que mencionaba Freud de evitar el displacer. En definitiva, nos vemos impelidos a entrar en el juego de los dos principios básicos enunciados.
Con este panorama cabría calificar como algo insólito el que aparezca alguna persona que otorgue primacía absoluta a guiarse por la verdad (o, al menos, lo que estima que es la verdad) Y, pese a todo, existen esta clase de personas. Tomaré un caso conocido como ejemplo, el de Edmund Husserl.
Detrás del elaborado pensamiento que armó Edmund Husserl se encuentra siempre la necesidad psicológica y personal de encontrar una certeza. Husserl dedicó muchos años a armar un sistema que le permitiese conseguir esto. Finalmente no lo consiguió (algo que no resta méritos a sus esfuerzos ni valor a su trabajo), pero lo decisivo para el tema en el que nos encontramos es que el ansia insólita por primar la verdad que tuvo Husserl se basa, con toda probabilidad, en una obsesión de carácter neurótico. Si suponemos que Husserl puede ser un caso de referencia nos encontramos con dos clases de personas. Un primer grupo mayoritario de gente que atiende en última instancia a los impulsos de su inconsciente, y un segundo grupo, muy minoritario, que puede hacer primar la verdad motivado por las relaciones de inadaptación con la realidad que ha formado. Inadaptación que precisamente es la que motiva su búsqueda de la verdad a través de la faceta intelectual y que, en muchas ocasiones viene dada por el entorno humano que ha tenido a su alrededor.



