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Psicoanálisis de Adolf Hitler (parte 4): Destructividad y su represión en el carácter necrófilo.

Hasta el comienzo de la Segunda Guerra parece que el objetivo que tenía Hitler con los judíos era conseguir que emigrasen. Para ello el gobierno alemán se encargaba de ofrecer condiciones favorables. Sin embargo el 30 de enero de 1939 Hitler dijo literalmente: “Vamos a acabar con los judíos. No quedará así lo del 9 de noviembre de 1918. El día de ajustar cuentas ha llegado.”. A estas alturas los impulsos destructivos que se proyectaban contra los judíos dejaban de quedar restringidos.
Las acusaciones de Hitler hacia los judíos se centraban en ser propagadores de la sífilis. Si contemplamos esto desde un punto de vista estadístico comprenderemos que es algo completamente errado ya que estadísticamente no era esa la situación. El motivo real estaba en que Hitler se hallaba bajo la fantasía habitual del carácter necrófilo, la del miedo a la sociedad y al veneno, así como el peligro de ser contaminado por ellos. Los judíos son extranjeros, como los extranjeros son “venenosos “(al igual que la sífilis) hay que exterminar a los judíos. El rostro de Hitler también delataba la expresión olfateadora de estar oliendo algo podrido, rasgo este también común a las personas de carácter necrófilo. Es por esto que su risa nunca era franca ni denotaba alegría interior. Más bien era una mueca que podía aflorar según el entusiasmo del momento o según la necesidad de fingir a la que se veía obligado en determinadas circunstancias. En este punto hay que recordar que Hitler era un mentiroso y un actor consumado que, por ejemplo, podía declarar su deseo de paz e insistir en que después del siguiente triunfo se terminaría el conflicto.
Otro rasgo necrófilo que podría parecer paradójico en alguien que encontraba su mayor alianza en los discursos era el del aburrimiento de sus charlas. En el ámbito privado procuraba intervenir constantemente pero lo hacía de modo que aburría enormemente a sus interlocutores, hasta el punto de que muchos de ellos se veían obligados a contener los bostezos. Esto era así porque hablaba de forma dispersa y no trataba los temas de forma vital, sino mecánica. Frecuentemente se refería a los temas de forma necrófila con una forma de contemplar la realidad en la que la muerte estaba por todos los lugares. Albert Speer (1970) dice: “Si había caldo de carne era seguro que hablaría de té de cadáver; a propósito de cangrejos de rio sacaba a relucir su cuento de una abuela difunta cuyos familiares la habían echado al arroyuelo para atraer a los crustáceos; en cuanto a las anguilas, que como mejor las cebaban y cazaban era con gatos muertos”.
Poco a poco, de forma más o menos velada, fue dejando ver que su objetivo último era la destrucción de todo y de todos. Especialmente de todo lo viviente. Muestra de esto fue el famoso decreto que impuso de “tierra quemada” que consistía en acabar con todo (ciudades y personas) bajo el pretexto de la táctica militar pero que, en realidad, no tenía una motivación real proporcionada aunque sí respondía a los impulsos destructivos de Hitler. Afortunadamente Speer y otras personas desobedecieron las órdenes de Hitler y el decreto no fue llevado a cabo de la forma ordenada por Hitler. También es importante la declaración de intenciones de Hitler cuando la derrota se hacía inevitable. El 27 de Enero de 1942 dijo: “Si el pueblo alemán no está dispuesto a luchar por su supervivencia tendrá que desaparecer”. Queda claro que los rasgos semiautistas de la infancia que le permitieron vivir sin buscar relaciones personales con nadie eran los mismos que le permitían la mayor indiferencia respecto a la vida de cualquiera, incluso la de sus “compatriotas” a los que supuestamente defendía. De idéntica manera presionó a Eva Braun para que se suicidase contra su voluntad ya que consideraba que el que alguien se matase por él era la mayor muestra de amor que podía ofrecer. Hitler, como contrapartida, le ofreció el matrimonio.
Hay que tener en cuenta que, aunque había muchos rasgos que ponían en evidencia el carácter destructivo de Hitler, resultó necesaria una represión para que sus planes fuesen admitidos por los demás y, sobre todo, para que el propio Hitler pudiese ser consciente de estas tendencias de su conducta.
Con las racionalizaciones trataba de justificar su destrucción y evitaba enfrentarse a sus verdaderas motivaciones. La supervivencia y el engrandecimiento de la nación alemana o la defensa contra los enemigos eran pretextos habituales para justificar los deseos destructivos de Hitler. Un ejemplo de racionalización es la siguiente: “[Después de terminada la guerra] quiero dedicarme a mis pensamientos durante cinco o diez años, y a ponerlos por escrito. Guerras van y guerras vienen. Lo que queda son los valores de la cultura.” (H.Picker, 1965)
También reprimió su destructividad mediante formas reactivas (bajo ellas una persona niega su existencia adquiriendo rasgos exactamente opuestos). Un ejemplo era su vegetarianismo (ofrecía carne a los demás mientras que él se negaba a probarla). Este rasgo queda evidenciado ya que dejó de comer carne después del suicidio de su medio sobrina Geli Raubal, que había sido su amante. Su comportamiento por aquel entonces muestra que se sentía culpable por ese suicidio. Con la abstinencia de carne ("Es como comer un cadáver" llegó a decir respecto al hecho de comer carne) se conformaba una expiación por su culpa al tiempo que evitaba revivirse a sí mismo como asesino. Su antipatía por la caza probablemente tenía la misma función. Por idéntica manera Hitler jamás estuvo en persona en ninguna ejecución. Después de la derrota de Stalingrado era imposible que sus generales le persuadieran de visitar el frente. Con toda probabilidad esta reacción fóbica a ver cadáveres era una reacción de defensa contra la conciencia de su propia destructividad. Esta misma reacción fóbica de defensa es fundamentalmente el mismo mecanismo que hallamos en el fondo de la limpieza exagerada y algo compulsiva de Hitler mencionada por Speer. Este mecanismo suele tener la función de quitarse la sangre adherida simbólicamente a las manos (o a todo el cuerpo). La conciencia de la sangre queda reprimida y lo consciente es sólo la necesidad de estar “limpio”. Sin embargo es llamativo que, al final de su vida, cuando presentía la derrota, no pudo seguir reprimiendo su destructividad. Quiso ver los cadáveres de los jefes de la rebelión de los generales de 1944 que terminó frustrada. Incluso tenía en su mesa una fotografía de la escena.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya sarta de mentiras. ¿De dónde sacas que Hitler tenía una fotografía de los cadáveres del 20 de Julio? Resulta realmente extraño que existiera semejante foto en su mesa cuando no se sabe a ciencia cierta si Hitler presenció una supuesta filmación de la misma. En resumen, que haces un estudio de Hitler al uso lleno de prejuicios y basado en falsas conclusiones.

Roberto.

Anónimo dijo...

Hola, creo que la mayor parte de lo que se dice sobre Hitler se basa en leyendas y en mentiras. Sin intentar defender en ningún momento, existe una corriente, avalada por muchos historiadores modernos, que consiste en intentar borrar ya la imagen de un Hitler monstruo y presentarlo como un ser humano. Solo tratándolo como un ser humano podremos juzgarlo. En general no suelo creer todo lo que se publica sobre Hitler, ya que no hay día que no se diga una nueva barbaridad histórica. El problema de escribir tantas mentiras sobre Hitler es que se distorsiona el personaje en favor de otro que nunca existió. Hitler debió de ser una persona ciertamente amable y simpática, que lloraba cuando se emocionaba, lejos del monstruo que nos presentan. Con esto no quiero defenderlo, simplemente creo que tanta mentira no debe de ser buena.

Saludos, Pedro.

blues dijo...

Roberto:

Si para tus argumentos de prejuicios y falsas acusaciones sólo puedes aducir el tema de la foto no tienes más que leer a Speer.

Pedro:

Verás, hasta cierto punto estoy de acuerdo contigo. A mí también me revienta algo las narices esa “demonización” de Hitler sin más razonamientos. Creo que Stalin fue responsable de más muertes y parece que casi nadie se acuerda de él a la hora de buscar una persona que cargue con el título de “supermalvado”.

Por otra parte también hay que recordar que Hitler era tan ser humano como cualquiera de nosotros, aunque (por lo que yo sé) amable y simpático lo era completa y únicamente con su perro.

Yo no diría que la mayor parte de lo que se dice sobre Hitler son mentiras (aunque también las hay). Fundamentalmente son percepciones que se centran en algunos aspectos de su personalidad o relevancia histórica y dejan de lado una visión global.

Saludos para ambos.