RSS

El experimento psicológico de Milgram y la obediencia de Eichmann: Banalización del mal.

El juicio y ejecución de Adolf Eichmann en 1962 supuso un impacto en muchos ámbitos. Allí estaba uno de los responsables de los mayores asesinatos en serie del nazismo expuesto tranquilamente a millones de personas (el juicio fue televisado). La filósofa Hannah Arendt plasmó su visión de lo que aquello significaba en su libro “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal.”. Uno de los detalles más llamativos es que mientras Hannah estaba expectante por conocer a la persona que había sido capaz de ordenar el exterminio de miles de personas lo que allí contempló le cambió de opinión. En lugar de toparse con alguien genuinamente malvado se encontró con una persona de lo más vulgar. Ni destacaba por su inteligencia, ni por su maldad, ni por su presencia. Lo único que era llamativo era lo que había llegado a ser capaz de hacer.
Pero lo sucedido con Eichmann no sólo influenció a filósofos, también hubo psicólogos que decidieron buscar las respuestas de que una persona aparentemente tan vulgar sorprendentemente pudiese llegar a estar involucrada en los mayores crímenes. Uno de ellos fue Stanley Milgram. Ideó una prueba para comprender hasta qué punto el comportamiento de una persona puede cambiar al estar sometido a la autoridad. Describiéndolo por encima el denominado “Experimento Milgram” consistía en saber cuánto dolor podría llegar a infringir una persona sobre otra cuando la que lo ejerce está respaldada por una autoridad. Para llevar a cabo la prueba se solicitaron voluntarios a los que se les ocultó la verdadera finalidad de la prueba. En apariencia se trataba simplemente de una prueba para medir la capacidad de memoria de un grupo de control. Para ello se seleccionaba a otro grupo que era el que debía de administrar descargas eléctricas (que iban aumentando de intensidad conforme avanzaba la prueba) en el caso de que la respuesta no fuese la correcta. Además el grupo que administraba las descargas no tenía conocimiento de que tales descargas no existían y, en realidad, los receptores estaban actuando. También eran impelidos por los experimentadores para que continuasen con el experimento mediante mensajes explícitos en los que se les recordaba que lo hiciesen. Aunque se pensaba que serían escasas las personas que bajo la supervisión de los experimentadores seguirían suministrando las descargas después de límites excesivos, lo que realmente sucedió es que cerca de dos tercios de los castigadores (65%) prosiguieron hasta la zona límite de 450W y ninguno de ellos paró al nivel de los 300W, que era cuando el que recibía las descargas dejaba de dar señales de vida. Es verdad que las personas del grupo ejecutor sentían problemas físicos o morales a la hora de seguir pero, ante la insistencia del grupo experimentador (es decir de la autoridad) todos ellos prosiguieron hasta el final.
El interrogante fundamental del experimento quedaba desvelado ya que se mostraba que la mayor parte de la gente puede hacer algo contra su voluntad cuando las órdenes vienen dadas por una autoridad. Es verdad que al mismo tiempo se respondía a otros interrogantes. Por ejemplo se hacía patente que la mayor parte de las personas pueden sentirse arrastradas por la sensación de poder cuando ejerce violencia controlada sobre otros individuos.
Durante la época nazi Eichmann gozó de una alta jerarquía y pareja responsabilidad pero también se debía a sus superiores. Según él mismo citó en su juicio únicamente se encargaba de distribuir a la gente. Eichmann antes que en un asesino se había transformado en un burócrata. Su cosificación de los seres humanos de los que debía de “encargarse” lo había llevado a contemplarlos como cifras y no como personas. En última instancia fue su afán organizativo y su sumisión a las órdenes lo que le había llevado a ordenar los asesinatos masivos. Por eso Arendt habla de la banalidad del mal, porque el mal deja de tener significado hasta convertirse en algo irrelevante con lo que es posible desenvolverse en ese ámbito sin estar sujeto a ninguna explicación.


Nota 1: La persona de la imagen es Adolf Eichmann durante el juicio que se le hizo en Jerusalén.

Nota 2: Se puede leer una crítica al experimento Milgram pinchando aquí.

8 comentarios:

Dizdira Zalakain dijo...

Yo creo que es bastante lógico que sean las personas grises y mediocres las más capacitadas para obedecer órdenes y, si se deriva de ellas, para ejercer el mal. Son estas personas vulgares como Eichmann, que viven su vulgaridad como un fracaso, las que se sienten pequeños dioses cuando la vida les coloca en una situación de poder.
Existe un experimento muy básico que seguramente conozcas que se realiza, o se realizaba, cuando se estudia Psicología Social. Consiste en que todo un grupo, salvo un sujeto, afirma algo que, obviamente, es una estupidez. Son muy pocos los que no se dejan influir por la opinión generalizada y siguen manteniendo su criterio propio. La mayoría sucumbe a la opinión colectiva, quizá por inseguridad o por temor al rechazo, pero el caso es que lo hace. Si conjugamos estos dos factores: la sumisión al grupo y la asunción súbita de poder, nos encontramos con Eichmann en todos los ámbitos de la vida: política, trabajo, familia, etc. Aunque, por fortuna, pocas veces su presencia conlleva repercusiones tan dramáticas.
Saludos.

bLuEs dijo...

No conocía ese experimento pero el resultado que da me resulta de lo más lógico a estas alturas. Imagino que el experimento Milgram cambió la perceción de bastante gente que imaginaba que la bondad y la cordura impera en la sociedad. En realidad es muy complicado mantenerse al margen del rebaño o tener pensamiento propio. La figura del "héroe" es el que está en posición de hacerlo. Paradógicamente casi todo el mundo admira a los héroes pero casi nadie se atreve a serlos.

Por eso también pienso que para ser como Eichmann se hace necesario una mediocridad humana que permita el paso a lo que vendrá detrás. El pensamiento conlleva realización de la identidad personal. En el caso de Eichmann trasladó su capacidad de pensar a sus superiores para obtener (entre otras cosas) seguridad y aquiescencia en lo que hacíá.

Saludos

Sonja dijo...

Por eso las ideas son tan peligrosas, basta creer algo para actuar conforme ese algo. El cosificar o demonizar a los enemigos es algo típico.

Yo creo que también es peligrosa la gente excesivamente racional, cuando se racionaliza en exceso se dejan los sentimientos de lado, si ese hombre se hubiera parado a contemplar a aquella gente habría sentido algo, pero ahogó esas sensaciones dejando paso a su deber.
Moraleja, pensar por uno mismo todo lo posible, si te equivocas eres tú una persona equivocada pero si te equivocas por culpa de otro entonces eres un estúpido.

Claro que habrá situaciones más límites que otras, siempre tenemos algún condicionamiento.

bLuEs dijo...

Un paranoico puede representar este excesiva dependencia de la razón. Él razonaría con una lógica impecable pero sobre bases absurdas.

Pensar por uno mismo debería de ser un requisito básico. El problema es que es más cómodo ceder a la obediencia a la autoridad. Por eso andamos de la forma que andamos...

Saludos

Cotrapsicología Salamanca dijo...

El experimento al que se refiere Dizdira es el clásico paradigma del conformismo de Asch.
Se ha visto que casi todas las personas se pliegan a la autoridad hasta unos límites que no podemos sospechar, por igual en todos los países, y niveles formativos, siempre que se cumplan ciertos "requisitos" (se han hecho millones de variantes de ese experimento para ver de manera controlada qué variables afectan y en qué medida). Es una línea de investigación muy interesante.

No creo que sea cuestión de pensar o no, es más complicado. El conformismo, el plegarse a la opinión de un grupo, es algo que poco se puede controlar... depende de muchos factores.

"Por eso las ideas son tan peligrosas, basta creer algo para actuar conforme ese algo. El cosificar o demonizar a los enemigos es algo típico."
Las ideas poco tienen que ver con eso... primero se tiene un enemigo al que se ataca, luego se le cosifica para justificar el tener enemigo (aquí estoy haciendo de sucursal de Albert Bandura).

"Un paranoico puede representar este excesiva dependencia de la razón. Él razonaría con una lógica impecable pero sobre bases absurdas."
Un paranoico (delirante) piensa sobre otra interpretación de la realidad, de forma delirante, es decir, absurda. No la interpretación de la realidad, que es tan plausible que puede convencer a cualquiera, sino la forma del pensamiento. Un paranoide (T. de personalidad), simplemetne tiene más suspicacia y narcisismo que el que le convendría, por lo demás, su forma de pensar no es absurda.

La obediencia a la autoridad es algo que se nos inculca de pequeños, ya que lo contrario es peligroso, ya que a este tipo de sociedad no le conviene que haya gente con una moral autónoma (el superhombre de Nietzsche, o el Adán que come del arbol de la ciencia del bien y el mal bíblico).

bLuEs dijo...

Quizás habría que describir más exactamente a lo que nos referimos con pensar. Desde luego una persona puede ser muy inteligente pero ser completamente sumisa. Pero es que inteligencia y razón no tiene por qué ir a la vez. Es verdad que influye la capacidad de sumisión pero si una persona es suficientemente madura no tiene tanta necesidad como otra que no lo es. Para alguien que no tiene otro mundo si queda excluido del "rebaño" se le terminan los referentes.

Respecto al paranoico no creo que haya necesidad de referirnos exclusivamente a casos "clínicos". Mucha gente tiene pensamientos de ese tipo y puede comportarse normalmente en el resto de las facetas. Quizás que no interfieran decisivamente con el resto de su vida pueda marcar la diferencia. Visto lo que comentas del paranoide me parece que era correcto a quién me refería, al paranoico. Por decir un ejemplo que lo ilustre podría ser una persona que creen que la van a matar y lo avala con datos coherentes sobre los demás.

Si te parece que me sigo equivocando te agradecería que me rectificases.

Saludos

Cotrapsicología Salamanca dijo...

A lo que me refiero, es precisamente que no tiene que ver tanto con la madurez-inmadurez, el obedecer. Si hablamos de gente "dependiente" (no por alguna enfermedad, sino con "personalidad dependiente", que diría un doctor), si que podemos hablar de inmadurez, pero en personas "normales", no creo que la obediencia, la necesidad de ser aceptado y de pertenecer a un grupo se deban a eso. Mi hipótesis es que como pensamos de forma heurística, y para ello nos valemos de la parte emocional -de hecho mas veces de las que creemos, es la parte emocional la que "Piensa" y la cognitiva la que "justifica" racionalmente-, pues tenemos esas formas de "no pensar", o ser influenciables.

No creo que fuera tanto un error, como un uso del lenguaje diferente al mío.
Un saludo

bLuEs dijo...

En cuanto a que la parte emocional preceda al pensamiento completamente conforme. De hecho una de los motivos por los que me interesa el psicoanálisis es porque hace tiempo que vengo comprendiendo que la parte racional no es más que una pequeña punta de un gran iceberg que no conocemos. Además, y por proseguir con tu comentario, esa pequeña punta del iceberg ni siquiera es lo que parece. Su tendencia es a racionalizar el inconsciente.

Si pensamos en individuos "normales" (repito tus comillas porque me parecen muy apropiadas) e intentamos comprender esta tendencia a someterse a la violencia la posición heurística que describes quizás se podría asociar con un impulso básico del ser humano, el de seguir unido al resto de sus congéres. Desde este impulso básico podría racionalizarse o adaptar el comportamiento de forma inconsciente para que no se desvíe de estos parámetros.

Saludos